La crin de Damocles

(Javier Pérez)

 

 

 

 

 

la espina de la amapola, Javier Pérez, www.javierperez.net

 

 

 

A Caronte

                                                                           I

 

Llovía como para imaginar peces en el aire, doblando limpiamente las esquinas de las calles, o caracoleando entre quioscos, farolas y tejados. En la comisaría central, cerca de la iglesia de Marien Hilfe, el agua se colaba por los remiendos del tejado hasta el primer piso, y desde allí, a través de la gastada tarima, continuaba su incursión hasta el despacho del comisario Müller, responsable del departamento de asuntos políticos.

Pero el comisario estaba contento, a pesar de las goteras y de seguir en su despacho un domingo a las ocho y media de la tarde. Los días anteriores se había ido a casa mucho más tarde, pero aquel ritmo de trabajo estaba a punto de acabar.

Después del fallido golpe de la cervecería, llevaban dos días buscando  a Hitler y por fin lo habían encontrado. En cuanto metiera entre rejas a aquel maldito individuo podría tomarse un respiro.

 En principio pensó organizar un gran despliegue para que no se le escapara de las manos, pero luego creyó más sensato no armar ningún alboroto y presentarse él mismo con el sargento Meisinger, su hombre de confianza, y un par de agentes más en el escondrijo del líder reaccionario. Quizá estuviera allí también el dinero que robaron los nazis en la  sede del Banco Nacional aprovechando el alboroto; además de tratar de ocupar los puntos estratégicos de la ciudad y de secuestrar al gobierno, uno de sus destacamentos había asaltado el Banco Nacional: catorce mil seiscientos billones nada menos. Con ese dinero los nazis podían permitirse demasiadas cosas y era crucial encontrarlo.

El sargento había respondido con una maldición entre dientes a la llamada de su jefe y amigo, pero sabría cumplir con su deber por mucho que sus inclinaciones personales se orientaran hacia el revoltoso partido nacionalsocialista del revoltoso austriaco. Cuando Müller le insinuó que podía llamar a otro cualquiera para la ocasión, Meisinger se negó rotundamente, pensando que la detención podía ser algo más arriesgado que un simple trámite si Hitler no estaba solo.

Lo más probable era que no tratase de llamar la atención y hubiese prescindido de su pequeña banda de guardaespaldas, temeroso de dar a la policía un pretexto para pegarle un tiro, pero de todos modos había que ser precavido.


El coche esperaba ya a la puerta y los dos agentes que había elegido para la ocasión, veteranos de absoluta fiabilidad, hacía media hora que aguardaban a la entrada de la comisaría, hablando de cualquier cosa con los del turno de guardia. En cuanto llegara Meisinger se pondrían en marcha y ya no podía tardar mucho.

Con los nazis en fuga y los comunistas aún amedrentados por las últimas derrotas en la calle, Müller tenía por fin una oportunidad de restaurar el imperio del orden. Los actos de saqueo habían menguado sensiblemente en la última semana; los separatistas, después de sus sonados fracasos en el Norte, habían preferido disolverse por su cuenta antes de que los dispersaran a porrazos, y los dirigentes comunistas no hacían ya caso de las soflamas procedentes de Rusia urgiéndolos a aprovechar la debilidad del Gobierno. Porque el Gobierno podía ser débil, pero las escuadras pardas no lo eran en absoluto y tenían escondidas, con mayor o menor grado de connivencia de las autoridades, grandes cantidades de armamento para hacer frente a la eventualidad, nunca descartada, de una nueva revolución obrera como la del diecinueve o de una ocupación extranjera a mayor escala que la que los franceses y los belgas mantenían aún en la cuenca del Ruhr.

Después de un año entero de caos, se vislumbraba al fin una luz al fondo del túnel: el Gobierno del Reich había anunciado ya medidas económicas de choque y los precios, súbitamente, habían dejado de subir. La libra de pan al fin se había estabilizado en doscientos sesenta mil millones de marcos y el salario obrero medio, el que diariamente cobraba cualquiera de sus agentes o un obrero de una fábrica, rondaba los tres billones de marcos.

Si por una vez se cumplía lo previsto, en pocos días saldría a la calle una nueva moneda, igual que el marco de siempre pero con nueve ceros menos. Todos tenían que echar el resto para que aquello marchara adelante. El nuevo comisario del Tesoro, Hjalmar Schacht, era un financiero con suficiente talento y experiencia, también coraje, para inspirar confianza a la población, y confianza precisamente era lo que más necesitaba el país.

Müller encendió su segundo cigarrillo de aquella media hora, se pasó las manos por el pelo, cortado al estilo militar, y se echó violentamente sobre el respaldo de su sillón, tratando de hacerse una composición de la papeleta que le quedaba por delante en aquella endiablada sección de asuntos políticos.


Después acabar la guerra había dejado el arma aérea, disuelta por los aliados,  y había ingresado en la policía. Uno de sus primeros trabajos fue bregar con la compleja crisis de los rehenes durante la revolución espartaquista, y aunque algunos lo acusaron de demasiado expeditivo, las autoridades valoraron su trabajo. Desde entonces, su carrera había sido un constante avance en el escalafón hasta que a finales del año veintidós, cuando se pensó que la situación no podía complicarse más, lo nombraron responsable de la comisaría de asuntos políticos. Pero el panorama empeoró: los nazis se armaron, atrayendo a sus filas a buena parte de los excombatientes más duros del viejo ejército imperial; los comunistas se armaron, listos para extender la revolución, triunfante ya en Rusia; los separatistas pensaron que si los aliados obtenían la disgregación de Alemania aflojarían su presa, y también se armaron. En Baviera estaban todos y todos eran fuertes.

Para enfrentarse a aquello contaba con treinta agentes, y ni siquiera le habían descargado de los crímenes comunes y los actos de pillaje. Treinta agentes, exhaustos y mal pagados, y todavía había quien le envidiaba porque le hubiesen nombrado a él para aquel puesto.

Divagaba en estos pensamientos,  moviendo de un lado a otro los cordones de sus botas, cuando llamaron a la puerta.

CPase Cinvitó Müller recuperando la postura correcta por si en vez de Meisinger era un agente cualquiera.

C)Cómo estamos? Csaludó el sargento, que en privado obviaba todo formalismo.

El comisario volvió a recostarse en el sillón.

CBien, bien. Como no le hayan dado un soplo, hoy echamos mano a ese cabrón.

Meisinger esbozó un gesto de disgusto que afeó aún más la cicatriz de su cara, recuerdo de la Gran Guerra. Unos días contaba que fue una bayoneta y otros que una granada, pero lo cierto es que pasó tres días inconsciente y no se acordaba de nada.

C(Bah!

Müller echó un vistazo al reloj de pared, que volvía a funcionar después de dos años de vacaciones forzosas.

CEsperamos media hora más y nos vamos. No quiero llegar cuando todavía pueda haber visitas.

CComo quieras. Por cierto: )te has enterado de lo de nuestro amigo? Cpreguntó el sargento.

C)Qué amigo? Cquiso precisar Müller, sabiendo que Meisinger siempre utilizaba la palabra en sentido irónico.


CStrahler, el secretario del alcalde, tu sospechoso favorito para el caso del estilete. Ha aparecido muerto en su casa, de dos disparos. El fiscal Seidl estaba con él, también muerto. La esposa de Strahler aún vivía y la llevaron al hospital. Ya la han operado pero todavía es pronto para predecir si se salvará o no.

El comisario se enderezó lentamente en su asiento, golpeando la mesa con ambas manos. Había heredado el caso del estilete de su predecesor en el cargo y él mismo lo había perseguido durante un año entero: repartía sus víctimas al azar entre políticos, profesionales y hasta mendigos, y durante un tiempo fue el principal causante de que los superiores de Müller le pusieran las cosas difíciles. Había cometido media docena larga de asesinatos en año y pico, sin dejar más pista que el número de calzado que gastaba. Después de mucho trabajo, Müller consiguió centrar sus pesquisas en un sospechoso, Lothar Strahler, el secretario del alcalde, pero justo entonces el asesino fue sorprendido prácticamente con las manos en la masa y la resolución del caso fue muy celebrada, aunque el comisario nunca dejó de sospechar de Strahler.

C)Strahler, muerto? Ccasi desconfió Müller.

CUn disparo en la cabeza y otro en el pecho, Y el fiscal Seidl. Se va a armar una buena Cencareció Meisinger.

C)Se sabe algo del culpable? Cpreguntó Müller.

CNada. Dicen que lo están investigando pero aquí no se sabe nada. La Reisingerstrasse corresponde a la comisaría de Krebs.

CMañana mismo lo llamo. A lo mejor puedo echarle una mano Caseguró Müller, que no podía decir que sintiera la muerte del secretario del alcalde. Estaba absolutamente convencido de que era el hombre al que buscaba, aunque nunca hubiese podido probar nada contra él.

Meisinger miró fijamente a su amigo, sacó un cigarrillo y lo encendió lentamente. Agitó luego la cerilla como si quisiera apagar algo más que la llama.

CNadie sabe más que tú de la vida de Strahler. Por eso te lo decía. Habla con Krebs Crespondió al fin en voz baja.

Müller asintió tratando de descifrar el gesto del sargento, pero prefirió no preguntarle qué le rondaba por la cabeza. El silencio se prolongó unos segundos.

C)Y lo de Hitler? Cse interesó Meisinger cambiando de tema.

CUn buen informador, como siempre en estos casos.

C)Estás totalmente seguro?

CTodo lo seguro que se puede estar. En cuanto lo tengamos a buen recaudo, este país empieza a respirar. Y ya va siendo hora. (Es ahora o nunca, Joseph! Cexclamó el comisario estirando los brazos por detrás de su cabeza.

CLlevamos cinco años de ahora o nunca Crepuso despectivo el sargento acercándose una silla.

CPero esta vez parece que va en serio. Y no sólo aquí; en todas partes.

C)No lo dirás por lo de Hamburgo? Cpreguntó Meisinger refiriéndose al fracaso del golpe comunista en la capital hanseática.

CPor lo de Hamburgo, por lo de Sajonia, lo de Turingia, lo de aquí... (por todo! En el Norte, los comunistas pierden terreno por momentos; en el Sur tenemos a los nazis arrinconados, y en Renania ha fracasado el intento de proclamar una república independiente.

CEn Renania faltó poco Capostilló el sargento recordando el frenazo que Adenauer, el alcalde de Colonia, logró imponer a los separatistas.

CFaltó poco pero ahora está todo bajo control. Además de los puñeteros franceses ocupando el Ruhr, sólo quedan esos cuatro majaderos del Palatinado y su ridícula república de Espira. Si se atreven a proclamarla, que está por ver, van a durar cuatro días.

CMañana toman una decisión.

C)Y qué más da? )Tú crees que ahora que se han quedado aislados van a dar el paso adelante? (Ni hablar, hombre, ni hablar! Me da lo mismo Espira, que Colonia o el Palatinado: al final los separatistas no son más que pequeños dirigentes que quieren ascenderse a sí mismos a base de elevar la categoría del trozo de nación que les ha tocado administrar. Un alcalde que quiere ser presidente de Gobierno tiene sólo dos salidas: o presentarse a las elecciones y ganarlas, que no es tan fácil, o convertir en país a su pueblo, y entonces, (ya está!, (ya es presidente de Gobierno!, (y los concejales, ministros! (Ascendidos todos!

Meisinger no pudo menos que reírse de la vehemencia con que Müller se animaba a sí mismo. Para él los separatistas seguían siendo un peligro real, sobre todo tras la desorganización de los nazis, que los odiaban más aún que a los comunistas.

CHabrá que tener cuidado con ellos de todos modos. Aquí en Baviera...


CAquí en Baviera se esconden como conejos. Ahora ya es igual lo que hagan o lo que pretendanC aseguró el comisarioC. Ahora empezamos a ver la luz y no se puede perder esta oportunidad. Hasta este momento los nazis habían conseguido mantener a raya a separatistas y comunistas, pero ellos mismos se convirtieron en una amenaza demasiado peligrosa para ser tolerada. Ahora hay que detener a Hitler y meterlo en la cárcel una buena temporada: si le echan diez años, mejor que diez meses; luego habría que dar caza a todos los cabecillas peligrosos, incluido Göring. No podemos permitir que el partido se reorganice.

C)Pero no eras amigo suyo? Cse extrañó Meisinger.

CFue mi jefe en la escuadrilla, y sí, soy amigo suyo; pero como pueda, seguiré siendo amigo suyo mientras lo llevo a prisión. Luego, si hace falta, hasta iré a visitarlo algún día.

Meisinger asintió. Conocía de sobra a Müller para sorprenderse de su actitud.

CAl final les vamos a limpiar el camino a los comunistas Creflexionó en voz alta expresando sus peores temoresC. Clara Zetkin diciendo en Moscú que está a punto de llegar la Agran noche@ y tu empeñado en restar fuerzas a los nazis, que son los únicos que pueden pararlos.

CEso es precisamente lo que hay que evitar: que se rompa el equilibrio. Ahora golpeamos a los nazis, y en cuanto los comunistas, los separatistas o quién sea intenten cobrar bríos, vamos a por ellos. Aquí no puede haber gobiernos de la chusma, como en Rusia, ni marchas de fantoches que acaben en dictadura, como en Italia. Hay que mantener el orden como sea. La idea es muy simple: golpear al que descuelle. En el diecinueve, los comunistas; ahora, los nazis.

Meisinger meneó la cabeza, poco convencido, pero Müller ya se había entusiasmado con sus propias palabras y no estaba dispuesto a dejarse desanimar.

CLa gente necesita confianza CprosiguióC. Nadie va a invertir un maldito marco hasta que no se acaben los saqueos, las peleas callejeras y el imperio de las mafias que controlan el comercio. El futuro de este país está ahora más en manos de los policías que de los políticos, y si nosotros no conseguimos mantener el orden, no hay gobierno que pueda sacarnos adelante.  A partir de ahora, se acabó el hacer la vista gorda con los pequeños robos; se acabó la mano blanda con los pobres, con los parados y los pequeños negocios de la picaresca. Vamos a meter esta ciudad en cintura aunque sea a porrazos y verás como al final salimos adelante. El futuro es responsabilidad nuestra: o imponemos el orden, o nos vamos todos al Infierno.

C)Y las mafias? Horbach cada día es más fuerte. Y Horbach compra policías, y jueces, y políticos... Eso es otra cosa, Heinrich...

CIremos también a por Horbach a su debido tiempo. La gente tiene que convencerse como sea de que la ley ha regresado. La ley del gobierno y de las urnas, no la de los pistoleros; y me da igual que las pistolas las lleven los iluminados de la política o los carroñeros del estraperlo.


Meisinger se puso serio de pronto. Desde que había entrado en el despacho de su jefe buscaba la manera de echar fuera la idea que no le había dejado dormir en condiciones aquellos dos días. Titubeó un instante y al final se decidió a hablar.

CPues si te vas a poner tan duro, empieza por meterme a mí entre rejas. Ya sabes de qué lado estuve cuando el putsch de la cervecería.

Müller también esperaba el momento de abordar aquel asunto, pero no quería ser el primero en sacarlo a colación.

CYa te vi Crepuso simplemente.

CLamento haberte fallado, pero en un momento como aquel había que elegir entre el trabajo y las convicciones, y yo elegí las convicciones Cconcluyó el sargento poniendo su arma y su gorra sobre la mesa, a modo de dimisión.

Müller apartó de sí los dos objetos como si olieran mal.

CNo hagas el idiota. Hoy vendrás conmigo, le pondrás las esposas a tu amado Führer y se lo llevarás al juez. Con eso basta.

Meisinger no se decidía a recoger su arma. Pasarse al bando insurrecto en un momento tan delicado no era algo, según su concepto del funcionamiento de las cosas, que pudiera ser disculpado tan fácilmente; sabía lo que había hecho y sabía cuáles debían ser las consecuencias.

CY además Csiguió el comisarioC quiero que sepas que cuando ordené abrir fuego ya te había visto. Si te hubiéramos matado no tendría el menor remordimiento: cada uno hicimos lo que nos pareció mejor Cconcluyó poniéndose en pie.

CYo no disparé.

CHiciste mal.

CDe veras que lo siento Cse disculpó el sargento mirando fijamente a Müller.

El comisario se levantó de su asiento y pasó al otro lado de la mesa para tender la mano a Meisinger.

CPor mi parte, asunto concluido.

CSon muchos años, Heinrich, para que al final nos fuera a separar la puñetera política Cmusitó el sargento agarrando con fuerza el brazo de su amigo.

CMuchos, Joseph, muchos.

C)Me vio alguno más de los nuestros?

CNo lo sé, pero si alguien dice que te vio al otro lado, juraré que estuviste conmigo toda la mañana Cgarantizó Müller.


El comisario se disponía a salir pero Meisinger le puso una mano sobre el hombro obligándolo a volverse. Ninguno de los dos era aficionado a las solemnidades, pero el sargento esperó a encontrarse frente a la mirada de su jefe para decir lo que tenía que decir.

CY toda la tarde, Heinrich. Estuvimos juntos toda la mañana y también toda la tarde. Los dos mantendremos eso donde haga falta.

Müller sonrió, devolvió a Meisinger la pistola y la gorra y abrió la puerta de su despacho.

C(Vámonos!

 

 

 

 

 

 

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