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I
Llovía
como para imaginar peces en el aire, doblando limpiamente las esquinas de las
calles, o caracoleando entre quioscos, farolas y tejados. En la comisaría central,
cerca de la iglesia de Marien Hilfe, el agua se colaba por los remiendos del
tejado hasta el primer piso, y desde allí, a través de la gastada tarima,
continuaba su incursión hasta el despacho del comisario Müller, responsable del
departamento de asuntos políticos.
Pero
el comisario estaba contento, a pesar de las goteras y de seguir en su despacho
un domingo a las ocho y media de la tarde. Los días anteriores se había ido a
casa mucho más tarde, pero aquel ritmo de trabajo estaba a punto de acabar.
Después
del fallido golpe de la cervecería, llevaban dos días buscando a Hitler y por fin lo habían encontrado. En
cuanto metiera entre rejas a aquel maldito individuo podría tomarse un respiro.
En principio pensó organizar un gran
despliegue para que no se le escapara de las manos, pero luego creyó más
sensato no armar ningún alboroto y presentarse él mismo con el sargento
Meisinger, su hombre de confianza, y un par de agentes más en el escondrijo del
líder reaccionario. Quizá estuviera allí también el dinero que robaron los
nazis en la sede del Banco Nacional
aprovechando el alboroto; además de tratar de ocupar los puntos estratégicos de
la ciudad y de secuestrar al gobierno, uno de sus destacamentos había asaltado
el Banco Nacional: catorce mil seiscientos billones nada menos. Con ese dinero
los nazis podían permitirse demasiadas cosas y era crucial encontrarlo.
El
sargento había respondido con una maldición entre dientes a la llamada de su
jefe y amigo, pero sabría cumplir con su deber por mucho que sus inclinaciones
personales se orientaran hacia el revoltoso partido nacionalsocialista del
revoltoso austriaco. Cuando Müller le insinuó que podía llamar a otro
cualquiera para la ocasión, Meisinger se negó rotundamente, pensando que la
detención podía ser algo más arriesgado que un simple trámite si Hitler no
estaba solo.
Lo
más probable era que no tratase de llamar la atención y hubiese prescindido de
su pequeña banda de guardaespaldas, temeroso de dar a la policía un pretexto
para pegarle un tiro, pero de todos modos había que ser precavido.
El
coche esperaba ya a la puerta y los dos agentes que había elegido para la
ocasión, veteranos de absoluta fiabilidad, hacía media hora que aguardaban a la
entrada de la comisaría, hablando de cualquier cosa con los del turno de
guardia. En cuanto llegara Meisinger se pondrían en marcha y ya no podía tardar
mucho.
Con
los nazis en fuga y los comunistas aún amedrentados por las últimas derrotas en
la calle, Müller tenía por fin una oportunidad de restaurar el imperio del
orden. Los actos de saqueo habían menguado sensiblemente en la última semana;
los separatistas, después de sus sonados fracasos en el Norte, habían preferido
disolverse por su cuenta antes de que los dispersaran a porrazos, y los
dirigentes comunistas no hacían ya caso de las soflamas procedentes de Rusia
urgiéndolos a aprovechar la debilidad del Gobierno. Porque el Gobierno podía
ser débil, pero las escuadras pardas no lo eran en absoluto y tenían
escondidas, con mayor o menor grado de connivencia de las autoridades, grandes
cantidades de armamento para hacer frente a la eventualidad, nunca descartada,
de una nueva revolución obrera como la del diecinueve o de una ocupación
extranjera a mayor escala que la que los franceses y los belgas mantenían aún en
la cuenca del Ruhr.
Después
de un año entero de caos, se vislumbraba al fin una luz al fondo del túnel: el
Gobierno del Reich había anunciado ya medidas económicas de choque y los
precios, súbitamente, habían dejado de subir. La libra de pan al fin se había
estabilizado en doscientos sesenta mil millones de marcos y el salario obrero
medio, el que diariamente cobraba cualquiera de sus agentes o un obrero de una
fábrica, rondaba los tres billones de marcos.
Si
por una vez se cumplía lo previsto, en pocos días saldría a la calle una nueva
moneda, igual que el marco de siempre pero con nueve ceros menos. Todos tenían
que echar el resto para que aquello marchara adelante. El nuevo comisario del
Tesoro, Hjalmar Schacht, era un financiero con suficiente talento y
experiencia, también coraje, para inspirar confianza a la población, y
confianza precisamente era lo que más necesitaba el país.
Müller
encendió su segundo cigarrillo de aquella media hora, se pasó las manos por el
pelo, cortado al estilo militar, y se echó violentamente sobre el respaldo de
su sillón, tratando de hacerse una composición de la papeleta que le quedaba
por delante en aquella endiablada sección de asuntos políticos.
Después
acabar la guerra había dejado el arma aérea, disuelta por los aliados, y había ingresado en la policía. Uno de sus
primeros trabajos fue bregar con la compleja crisis de los rehenes durante la
revolución espartaquista, y aunque algunos lo acusaron de demasiado expeditivo,
las autoridades valoraron su trabajo. Desde entonces, su carrera había sido un
constante avance en el escalafón hasta que a finales del año veintidós, cuando
se pensó que la situación no podía complicarse más, lo nombraron responsable de
la comisaría de asuntos políticos. Pero el panorama empeoró: los nazis se
armaron, atrayendo a sus filas a buena parte de los excombatientes más duros
del viejo ejército imperial; los comunistas se armaron, listos para extender la
revolución, triunfante ya en Rusia; los separatistas pensaron que si los
aliados obtenían la disgregación de Alemania aflojarían su presa, y también se
armaron. En Baviera estaban todos y todos eran fuertes.
Para
enfrentarse a aquello contaba con treinta agentes, y ni siquiera le habían
descargado de los crímenes comunes y los actos de pillaje. Treinta agentes,
exhaustos y mal pagados, y todavía había quien le envidiaba porque le hubiesen
nombrado a él para aquel puesto.
Divagaba
en estos pensamientos, moviendo de un
lado a otro los cordones de sus botas, cuando llamaron a la puerta.
CPase Cinvitó Müller
recuperando la postura correcta por si en vez de Meisinger era un agente
cualquiera.
C)Cómo estamos?
Csaludó el sargento, que en privado obviaba
todo formalismo.
El
comisario volvió a recostarse en el sillón.
CBien, bien.
Como no le hayan dado un soplo, hoy echamos mano a ese cabrón.
Meisinger
esbozó un gesto de disgusto que afeó aún más la cicatriz de su cara, recuerdo
de la Gran Guerra. Unos días contaba que fue una bayoneta y otros que una
granada, pero lo cierto es que pasó tres días inconsciente y no se acordaba de
nada.
C(Bah!
Müller
echó un vistazo al reloj de pared, que volvía a funcionar después de dos años
de vacaciones forzosas.
CEsperamos
media hora más y nos vamos. No quiero llegar cuando todavía pueda haber
visitas.
CComo quieras.
Por cierto: )te has enterado de lo de nuestro amigo? Cpreguntó el
sargento.
C)Qué amigo? Cquiso
precisar Müller, sabiendo que Meisinger siempre utilizaba la palabra en sentido
irónico.
CStrahler, el
secretario del alcalde, tu sospechoso favorito para el caso del estilete. Ha
aparecido muerto en su casa, de dos disparos. El fiscal Seidl estaba con él,
también muerto. La esposa de Strahler aún vivía y la llevaron al hospital. Ya
la han operado pero todavía es pronto para predecir si se salvará o no.
El
comisario se enderezó lentamente en su asiento, golpeando la mesa con ambas
manos. Había heredado el caso del estilete de su predecesor en el cargo y él
mismo lo había perseguido durante un año entero: repartía sus víctimas al azar
entre políticos, profesionales y hasta mendigos, y durante un tiempo fue el
principal causante de que los superiores de Müller le pusieran las cosas
difíciles. Había cometido media docena larga de asesinatos en año y pico, sin
dejar más pista que el número de calzado que gastaba. Después de mucho trabajo,
Müller consiguió centrar sus pesquisas en un sospechoso, Lothar Strahler, el
secretario del alcalde, pero justo entonces el asesino fue sorprendido
prácticamente con las manos en la masa y la resolución del caso fue muy
celebrada, aunque el comisario nunca dejó de sospechar de Strahler.
C)Strahler,
muerto? Ccasi desconfió Müller.
CUn disparo en
la cabeza y otro en el pecho, Y el fiscal Seidl. Se va a armar una buena Cencareció
Meisinger.
C)Se sabe algo
del culpable? Cpreguntó Müller.
CNada. Dicen
que lo están investigando pero aquí no se sabe nada. La Reisingerstrasse
corresponde a la comisaría de Krebs.
CMañana mismo
lo llamo. A lo mejor puedo echarle una mano Caseguró
Müller, que no podía decir que sintiera la muerte del secretario del alcalde.
Estaba absolutamente convencido de que era el hombre al que buscaba, aunque
nunca hubiese podido probar nada contra él.
Meisinger
miró fijamente a su amigo, sacó un cigarrillo y lo encendió lentamente. Agitó
luego la cerilla como si quisiera apagar algo más que la llama.
CNadie sabe
más que tú de la vida de Strahler. Por eso te lo decía. Habla con Krebs Crespondió al
fin en voz baja.
Müller
asintió tratando de descifrar el gesto del sargento, pero prefirió no
preguntarle qué le rondaba por la cabeza. El silencio se prolongó unos
segundos.
C)Y lo de
Hitler? Cse interesó Meisinger cambiando de tema.
CUn buen
informador, como siempre en estos casos.
C)Estás
totalmente seguro?
CTodo lo
seguro que se puede estar. En cuanto lo tengamos a buen recaudo, este país
empieza a respirar. Y ya va siendo hora. (Es ahora o
nunca, Joseph! Cexclamó el comisario estirando los brazos por
detrás de su cabeza.
CLlevamos
cinco años de ahora o nunca Crepuso despectivo el sargento acercándose una
silla.
CPero esta vez
parece que va en serio. Y no sólo aquí; en todas partes.
C)No lo dirás
por lo de Hamburgo? Cpreguntó Meisinger refiriéndose al fracaso
del golpe comunista en la capital hanseática.
CPor lo de
Hamburgo, por lo de Sajonia, lo de Turingia, lo de aquí... (por todo! En
el Norte, los comunistas pierden terreno por momentos; en el Sur tenemos a los
nazis arrinconados, y en Renania ha fracasado el intento de proclamar una
república independiente.
CEn Renania
faltó poco Capostilló el sargento recordando el frenazo
que Adenauer, el alcalde de Colonia, logró imponer a los separatistas.
CFaltó poco
pero ahora está todo bajo control. Además de los puñeteros franceses ocupando
el Ruhr, sólo quedan esos cuatro majaderos del Palatinado y su ridícula
república de Espira. Si se atreven a proclamarla, que está por ver, van a durar
cuatro días.
CMañana toman
una decisión.
C)Y qué más da?
)Tú crees que ahora que se han quedado
aislados van a dar el paso adelante? (Ni hablar,
hombre, ni hablar! Me da lo mismo Espira, que Colonia o el Palatinado: al final
los separatistas no son más que pequeños dirigentes que quieren ascenderse a sí
mismos a base de elevar la categoría del trozo de nación que les ha tocado
administrar. Un alcalde que quiere ser presidente de Gobierno tiene sólo dos salidas:
o presentarse a las elecciones y ganarlas, que no es tan fácil, o convertir en
país a su pueblo, y entonces, (ya está!, (ya es
presidente de Gobierno!, (y los concejales, ministros! (Ascendidos
todos!
Meisinger
no pudo menos que reírse de la vehemencia con que Müller se animaba a sí mismo.
Para él los separatistas seguían siendo un peligro real, sobre todo tras la
desorganización de los nazis, que los odiaban más aún que a los comunistas.
CHabrá que
tener cuidado con ellos de todos modos. Aquí en Baviera...
CAquí en
Baviera se esconden como conejos. Ahora ya es igual lo que hagan o lo que
pretendanC aseguró el comisarioC. Ahora
empezamos a ver la luz y no se puede perder esta oportunidad. Hasta este
momento los nazis habían conseguido mantener a raya a separatistas y
comunistas, pero ellos mismos se convirtieron en una amenaza demasiado
peligrosa para ser tolerada. Ahora hay que detener a Hitler y meterlo en la
cárcel una buena temporada: si le echan diez años, mejor que diez meses; luego
habría que dar caza a todos los cabecillas peligrosos, incluido Göring. No
podemos permitir que el partido se reorganice.
C)Pero no eras
amigo suyo? Cse extrañó Meisinger.
CFue mi jefe
en la escuadrilla, y sí, soy amigo suyo; pero como pueda, seguiré siendo amigo
suyo mientras lo llevo a prisión. Luego, si hace falta, hasta iré a visitarlo
algún día.
Meisinger
asintió. Conocía de sobra a Müller para sorprenderse de su actitud.
CAl final les
vamos a limpiar el camino a los comunistas Creflexionó en
voz alta expresando sus peores temoresC. Clara
Zetkin diciendo en Moscú que está a punto de llegar la Agran noche@ y tu
empeñado en restar fuerzas a los nazis, que son los únicos que pueden pararlos.
CEso es
precisamente lo que hay que evitar: que se rompa el equilibrio. Ahora golpeamos
a los nazis, y en cuanto los comunistas, los separatistas o quién sea intenten
cobrar bríos, vamos a por ellos. Aquí no puede haber gobiernos de la chusma,
como en Rusia, ni marchas de fantoches que acaben en dictadura, como en Italia.
Hay que mantener el orden como sea. La idea es muy simple: golpear al que
descuelle. En el diecinueve, los comunistas; ahora, los nazis.
Meisinger
meneó la cabeza, poco convencido, pero Müller ya se había entusiasmado con sus
propias palabras y no estaba dispuesto a dejarse desanimar.
CLa gente
necesita confianza CprosiguióC. Nadie va a
invertir un maldito marco hasta que no se acaben los saqueos, las peleas
callejeras y el imperio de las mafias que controlan el comercio. El futuro de
este país está ahora más en manos de los policías que de los políticos, y si
nosotros no conseguimos mantener el orden, no hay gobierno que pueda sacarnos
adelante. A partir de ahora, se acabó el
hacer la vista gorda con los pequeños robos; se acabó la mano blanda con los
pobres, con los parados y los pequeños negocios de la picaresca. Vamos a meter
esta ciudad en cintura aunque sea a porrazos y verás como al final salimos
adelante. El futuro es responsabilidad nuestra: o imponemos el orden, o nos
vamos todos al Infierno.
C)Y las mafias?
Horbach cada día es más fuerte. Y Horbach compra policías, y jueces, y
políticos... Eso es otra cosa, Heinrich...
CIremos
también a por Horbach a su debido tiempo. La gente tiene que convencerse como
sea de que la ley ha regresado. La ley del gobierno y de las urnas, no la de
los pistoleros; y me da igual que las pistolas las lleven los iluminados de la
política o los carroñeros del estraperlo.
Meisinger
se puso serio de pronto. Desde que había entrado en el despacho de su jefe
buscaba la manera de echar fuera la idea que no le había dejado dormir en
condiciones aquellos dos días. Titubeó un instante y al final se decidió a
hablar.
CPues si te
vas a poner tan duro, empieza por meterme a mí entre rejas. Ya sabes de qué
lado estuve cuando el putsch de la cervecería.
Müller
también esperaba el momento de abordar aquel asunto, pero no quería ser el
primero en sacarlo a colación.
CYa te vi Crepuso
simplemente.
CLamento
haberte fallado, pero en un momento como aquel había que elegir entre el
trabajo y las convicciones, y yo elegí las convicciones Cconcluyó el
sargento poniendo su arma y su gorra sobre la mesa, a modo de dimisión.
Müller
apartó de sí los dos objetos como si olieran mal.
CNo hagas el
idiota. Hoy vendrás conmigo, le pondrás las esposas a tu amado Führer y se lo
llevarás al juez. Con eso basta.
Meisinger
no se decidía a recoger su arma. Pasarse al bando insurrecto en un momento tan
delicado no era algo, según su concepto del funcionamiento de las cosas, que
pudiera ser disculpado tan fácilmente; sabía lo que había hecho y sabía cuáles
debían ser las consecuencias.
CY además Csiguió el
comisarioC quiero que sepas que cuando ordené abrir
fuego ya te había visto. Si te hubiéramos matado no tendría el menor
remordimiento: cada uno hicimos lo que nos pareció mejor Cconcluyó
poniéndose en pie.
CYo no
disparé.
CHiciste mal.
CDe veras que
lo siento Cse disculpó el sargento mirando fijamente a
Müller.
El
comisario se levantó de su asiento y pasó al otro lado de la mesa para tender
la mano a Meisinger.
CPor mi parte,
asunto concluido.
CSon muchos
años, Heinrich, para que al final nos fuera a separar la puñetera política Cmusitó el
sargento agarrando con fuerza el brazo de su amigo.
CMuchos,
Joseph, muchos.
C)Me vio alguno
más de los nuestros?
CNo lo sé,
pero si alguien dice que te vio al otro lado, juraré que estuviste conmigo toda
la mañana Cgarantizó Müller.
El
comisario se disponía a salir pero Meisinger le puso una mano sobre el hombro
obligándolo a volverse. Ninguno de los dos era aficionado a las solemnidades,
pero el sargento esperó a encontrarse frente a la mirada de su jefe para decir
lo que tenía que decir.
CY toda la
tarde, Heinrich. Estuvimos juntos toda la mañana y también toda la tarde. Los
dos mantendremos eso donde haga falta.
Müller
sonrió, devolvió a Meisinger la pistola y la gorra y abrió la puerta de su
despacho.
C(Vámonos!
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